La Iglesia de Nuestra Señora del Espino recibía, con frecuencia, la visita de nuestros reyes, sobre todo los de la dinastía de Avis, que tenían mucha devoción por la Virgen y, por ello, le prodigaban grandes dádivas y privilegios. Durante la expedición a Arcila, D. Alfonso V hizo una promesa a la Señora del Espino para que ayudara a las armas portuguesas en el combate; y, en caso de salir victorioso, le ofrecía una estatua de plata en la que estaría representado a caballo y vestido con una armadura blanca. Conquistada la plaza, D. Alfonso V cumplió el voto.
D. Juan II, habiendo heredado de su padre la gran devoción por la Señora del Espino, siempre que la corte estaba en Évora, iba con frecuencia al convento, llegando incluso a pernoctar en la hospedería que había mandado construir junto a la iglesia y donde tenía para sí una tribuna. En este convento reunió el Rey las Cortes en 1481.
En 1490, D. Juan II reunió las Cortes en Évora para pedir auxilio para el casamiento de su hijo D. Alfonso con la Princesa D. Isabel, hija de los Reyes Católicos. Reza la leyenda que, antes de la boda, la Infanta Isabel fue visitada en sus aposentos por el príncipe D. Alfonso y que tuvieron “juntamiento”. Esa misma noche, una tormenta provocó la caída de un almenaje de la iglesia, lo que era, según los monjes, una señal de desagrado venido de los cielos y un castigo divino.
El Rey D. Manuel visitaba regularmente el convento, trayendo siempre valiosas ofertas para la Virgen, de quien era gran devoto. Se dice que fue en el Convento del Espino donde este rey recibió la noticia del descubrimiento de la India por Vasco da Gama, lo cual no puede darse por cierto.
D. Juan III, como su padre y sus antecesores, iba con frecuencia al Espino. Esta predilección por el convento le llevó a concederle varios privilegios, a confirmar otros y a elegirlo como panteón de sus hijos.
D. Sebastián iba muchas veces de Évora al Espino a pie, y hacía la vida de los frailes, asistiendo a sus oficios y a las prácticas en el refectorio y durmiendo en una simple celda. Este rey se confesaba con su gran amigo Fray Álvaro de Olivenza y, por ello, mandó construir una pequeña ermita junto a la capilla mayor, donde también se recogía en oración.
Le gustaba tanto el convento a este desventurado rey que mandó erigir allí una plaza de toros donde se hacían corridas, yendo el propio monarca algunas veces a torear. A estas fiestas nunca dejaban de asistir los frailes y, a menudo, el Cardenal-Arzobispo D. Henrique, por especial invitación.
En 1663, también el Príncipe D. Juan de Austria pasó por el Espino, pero en este caso el convento sirvió de posada al estado mayor castellano durante la Guerra de la Restauración.
Apreciando en conjunto la presencia de la Iglesia de Nuestra Señora del Espino en la historia portuguesa, verificamos, no sin cierta emoción, que estas piedras vieron desfilar a muchos personajes ilustres y fueron testigos de los anhelos y el comportamiento de muchos que nos precedieron. Reyes, príncipes, prelados, grandes señores y grandes damas de la corte, por su devoción y generosidad, hicieron del convento un centro de irradiación y de refugio, por lo que podemos considerarlo indisolublemente ligado no solo a la ciudad de Évora, sino también, y con mayor amplitud, a la propia vida de la Corte.
Jornadas Históricas por el Conserje
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